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Comencemos por preguntarnos por las diferencias
entre un bon vivant y, por ejemplo, un dandy.
Existe un texto antiguo, casi inencontrable, que habla "De
los dandys porteños", y por sus páginas desfilan
nombres de inmaculada prosapia, que habiendo heredado inmensas
fortunas, o bien, habiendo accedido al patrimonio por el matrimonio,
dedicaron sus días al dolce far niente. O no tan así,
porque por ahí anda dando vueltas don Aarón de Anchorena,
que fue haciendo pomada prolijamente una tras otra las fortunas
familiares que fue heredando, pero el hombre se recorrió
la Patagonia en los años inhóspitos -eso sí,
con señorío sin igual-; casi se mata atravesando
el Río de la Plata en globo, y termina comprando los terrenos
que darían lugar a la famosa Estancia San Juan en el Uruguay,
hoy residencia de verano de los presidentes del vecino país.
Pero los dandys (¿o debería escribir dandies?, mejor
me quedo en la primera licencia idiomática) eran señores
-o mejor dicho, señoritos- que se parecían peligrosamente
a Isidoro Cañones, que insistentemente pedía ser
tratado como el "mayor dandy porteño", donde
lo que primaba era su atractivo ante señoritas llamativas
-hoy las reconoceríamos como primas de los felinos- y donde
la juerga regada por abundante whisky -recordar que el Champagne
lo puso de moda Miguel Brascó sólo algunos lustros
atrás- era un modo de vida cotidiano, con paseo en auto
descapotable incluido, donde se apreciaban restos de serpentinas
y papel picado, como si la vida para ellos fuera una permanente
carnestolenda.
No, nuestro modelo de bon vivant no pasa por eso. Quizás
el modelo de bon vivant se aproxime al Gato Dumas, hombre voluminoso,
poco afecto al trabajo la mayor parte de su vida -no ahora que
lo tienen a mal traer con las jornadas laborales-, viejo pescador
de langostas en Buzios -donde no se sabe quien a quien, se dice
que Ramiro Rodríguez Pardo lo introdujo en los placeres
y secretos de la gastronomía; pero como es una versión
antojadiza, yo prefiero abstenerme- y afecto a señoritas
jóvenes o muy jóvenes, que lo acompañan en
ese ir y venir de cacerolas y cámaras de televisión.
¿Ven? Por ahí va la cosa. El Gato y Ramiro se podrían
aproximar al ideal de bon vivant. Pero, no es requisito fundamental
que nuestro candidato al perfil sepa cocinar, pero sí debe
tener sólidas nociones de gastronomía -lo cual descarta
automáticamente a un Fernando Freixas, por ejemplo-. También
debe tener un afecto por la enología y sentirse como en
casa recorriendo los secretos de distintos alcoholes que circulan
por el mundo, por supuesto en la Argentina.
Ya vamos precisando: 1) no debe estar preocupado por su silueta.
2) Debe valorar los conocimientos de gastronomía. 3) Debe
interesarse por el devenir de la enología.
Ahí fichan varios bon vivant (nueva licencia idiomática
por no usar el plural en francés) nacionales, sino, basta
con ver los volúmenes de un Sebastián Bagó.
Pero, ¿ven? Aquí tenemos un caso de bon vivant exagerado.
Porque a Bagó le interesó la gastronomía
y se montó un restaurant propio, con Fernando Trocca incluido.
Le interesó la enología, y se compró un viñedo
en la Argentina, otro en España, y vaya uno a saber que
otras cosas que no se conocen en detalle. Pero, Bagó no
heredó la plata ¿eh?, y además se interesa
día a día por acumular más y más información
para el "Tratado sobre carnes" que viene preparando
desde hace añares. Es un caso de bon vivant comme il faut,
es decir, como debe ser.
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¿Qué más compone la vida de nuestro modelo?
Ciertamente los viajes, que no necesariamente tienen que ser a
lugares exóticos. No. Se trata de viajes placenteros. Para
pasarla bien. Un bon vivant no viaja con 5 chicos, cargado de
valijas, recogiendo pasaportes que van cayendo en los pisos de
los aeropuertos. Viaja solo, o bien acompañado de una señora
(legítima o una petite amie, ¿a quién le
importa?) y nada más. ¡Ah! Eso sí: con una
potente tarjeta de crédito, de esas que se aceptan por
todos lados.
Esto le permite estar sentado en el Sinclair o el Oviedo de Buenos
Aires, o en el Avataras de San Martín de los Andes, y discutir
sobre si la textura del salmón es semejante a la del que
probó en el Furusato de Tokio. También puede que
elija el momento oportuno para recordar la leyenda que atribuye
al emperador Shen Nung haber descubierto las virtudes del té
alla por el año 2737 antes de Cristo. O bien, enfrentar
una pizza en rueda de amigos y recordar que fueron los longobardos
los que, en el medioevo, llegaron a la zona de la Campania en
Italia en compañía de los búfalos que darían
origen a la muzarela. ¡Ojo! Todo esto hecho con mucha, pero
muuuucha naturalidad, porque se sabe que lo sublime siempre orilla
el ridículo, y no vaya uno a caer en el nuevo riquismo
más puro, que es una actitud definitivamente excluyente
como característica fundamental del personaje que intentamos
describir.
Y hay que apoyarse en ejemplos, no hay caso. Y la memoria me trae
aquella cena del Fork Club en que Pepe Ranero Díaz sirvió,
con inolvidable naturalidad, una carne de reno provista por sus
parientes políticos oriundos de Noruega. Aquí se
reúnen varias características:
1) conocimiento gastronómico; 2) la guita para hacer birlibirloques;
y 3) la naturalidad sumada a la robustez física para el
encuadre en la piel del personaje.
Así, al pasar por la figura de Pepe, se aparece otra característica
fundamental del bon vivant: la generosidad. Es impensable que
un bon vivant la pase bien, si quienes lo rodean no participan
de alguna forma de ese bienestar. Aparece de entre las brumas
la figura del convidador, generoso personaje que pone todo para
que sus amigos lo pasen bomba cuando están a cargo de él.
Ejemplo de convidador: Horacio Grosso, que sale en la carrera
del bonvivantismo con varios metros de ventaja por el apellido
que porta. El tipo es grosso, se llama Grosso y se porta grosso.
¿Qué más?
No hay caso, el tema sigue sin ser fácil, y tiene costados
contradictorios. Porque, es fácil que cada uno de nosotros
tenga ya a esta altura en su cabeza, su propia imagen de bon vivant
ideal, y muchos deberán reconocer que no todos son gente
de fortuna, sino que se parecen más al tipo que ilustra
esta nota, que con una botella en la mano, una carretilla que
lo contenga y mariposas que lo circunden, está fantástico
donde lo quieran poner.
Quizás por ahí vaya la cosa, amigo lector, al final
de la reflexión, estoy por descubrir que el bon vivant
es un tipo que eligió vivir bien, pero vivir bien en el
sentido filosófico: rico no es el que tiene mucho, sino
el que necesita poco. Y por lo tanto, no transige jamás
con el fast food, pero si no hay foie gràs, se encamina
a unos tallarines amasados por él mismo, que harían
la delicia de cualquiera.
Y viene el ingrediente final: bon vivant es el que decide que
una siesta en una tarde de lluvia en un lugar en el que nos sintamos
a gusto es de esos momentos que hilvanados uno a uno a través
del tiempo nos hacen sentir que La Vida merece Vivirse. Atenti:
si Ud. siente así, ¡Ud. es un bon vivant, no lo dude!
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