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Una vez, hace relativamente poco, alguien, un francés,
dijo que la sonrisa de Reagan pudo más que todas las razones
de sus opositores. Falso. Luego otra persona, escritor, francés,
también, dijo que la división del mundo tradicional,
usted sabe, esa de los ricos y de los pobres, podía -más
bien debía- ser reemplazada entre "exitosos en la
aventura amorosa" y perdedores de ese combate. Falso, aunque
atendible. Antes o durante, hubo otros que describieron la época
actual con algún nivel de precisión más acotado:
"el futuro es de los creadores de contenidos". "La
verdadera diferencia en el milenio que se inicia está entre
los poseedores de información y quienes no la tienen".
Precisiones: en la era de las mil imágenes (millones de
imágenes: pantallas, avisos y un etcétera que debiera
repetirse hasta el infinito), quien encuentra una palabra (ese
es el secreto, una sola, no miles: una), una, tiene algo así
como un poder enorme.
Es cierto: hay muchas palabras, casi tantas como pantallas o imágenes,
sí. Casi como un exceso idiomático: como es imposible
decir todo, muchas veces decimos de más. E imprecisamente.
Más decimos de lo que menos sabemos: es como si quisiéramos
rodear una experiencia, cualquier experiencia, hasta llegar al
centro de lo que realmente queremos nombrar.
La experiencia es algo tan plural, tan variopinto, tan matizado:
las palabras que la identifican no debieran ser tantas. Un ejemplo,
que no es azaroso: usted, o yo, frente a la copa de vino. En la
penumbra, el perfil la copa casi parece un signo de interrogación
y una pula al mismo tiempo: hay miles (o millones) de colores,
hay millones (o infinitos) aromas. Hay menos sabores de lo que
usted o yo vemos: y sin embargo, seguramente, existan algunos
más que cuatro: sabores nuevos y sensaciones que haya que
descubrir. Uno se encuentra con muchas cosas frente a esa pregunta
que despierta en nuestra sensibilidad y en nuestra inteligencia
una copa de vino.
Y ahí están, para aumentar la sensibilidad, o para
complicarla, para transformar la sensibilidad en inteligencia
o conocimiento, para poder repetirla con mayor intensidad la próxima
vez, las palabras. Son muy pocas, las precisas, las necesarias:
pero constituyen algo así como un idioma nuevo. Un castellano
no tan casto ni tan llano (para usar la imagen de otro escritor)
pero seguramente con necesidad de precisión. Quienes encuentran
las palabras precisas, esas que realmente dicen, tienen un oficio
-en el sentido esencial del término- de enorme responsabilidad.
Volvamos a usted, a nosotros, y la copa de vino: repasemos nuestra
historia y actualidad y veamos lo que se nos ocurre, nuestra imaginación
y nuestras ideas (o sea, nuestro idioma), frente a esa copa que
nos copa. Muchas de las palabras que podamos decir se las debemos
a gente como Elizabeth Checa.
La Checa junto a muy pocos otros, inventó, o mejor, descubrió
esa parte de nuestro idioma vídico (¿qué
parecido a vital, no?) que tiene que ver con la precisión.
Y de eso se trata este reportaje: de cómo van apareciendo
las palabras de las cosas, y de cómo se va puliendo un
lenguaje. De hecho, usamos pulir porque nos parece que las palabras
son como piedras preciosas: cuanto más pulidas sean y cerca
de las cosas estén, pueden reflejarlas mejor y encontrar
matices y, ahí, verdades.
Elizabeth descubrió muchos de los términos de nuestra
relación, de nuestro contrato con el vino. Y sigue haciéndolo:
nosotros pensábamos cuando llegamos a la entrevista, un
mediodía del último otoño, frío, pero
con ese sol brillante y pulido que hace ver mejor y más
claro todo, que eso se debía a su formación filosófica
y a su capacidad asociativa: sí, es cierto. Checa tiene
todo el aspecto, todo el look, de la bohemia parisina. Escuchó
el suficiente jazz y recorrió distintos mundos culturales,
como para entender qué sucede en ese momento de extrema
sensibilidad y concentración que es la cata del vino. Además
le agrega una argentinidad (porteñidad, debiéramos
decir) a sus palabras que hacen que, básicamente, uno la
entienda. Eso pensábamos antes. Pero, a lo largo de la
charla, descubrimos algo más: algo que por ahí intuíamos,
pero que el lector confirmará en lo que sigue por sus propios
medios: las palabras exactas, las precisas, las que dicen, tienen
historia. Se construyen de a poco, se van puliendo. Y están
hechas de un material solidísimo, indestructible casi:
tiempo.
Veamos. Vino tinto adelante, Checa precisa: "a mí
me gustan cada vez más, contra estos vinos fotocopias,
que no sabés si estás tomando un Bonarda, un Merlot,
o un Malbec, los vinos que antes se llamaban de corte o genéricos.
No me gusta ninguna de las dos definiciones. "Genéricos"
es ninguneador y me suena a remedio. Remedio barato, además.
De corte, también: parecería que se trata de un
vino que necesita mejorarse con otro. Yo los llamo blends: en
esos blends hay identidad, personalidad, el arte del enólogo.
Hay mucho arte en ese trabajo".
O, si no, mientras se insiste en precisar de qué hablamos
cuando hablamos de jugoso: "detesto alguna terminología
moderna del vino. Por ejemplo: vinos boutique. Me parece que es
minimizar el vino. Son bodegas artesanales, familiares, no sé,
incluso preferiría, bodegas amorosas".
Es que hay tanto afán por saber de vinos que aparecen
estos conceptos medio de urgencia. A veces al consumidor le faltan
palabras para expresar lo que percibe
Hay una curiosidad absoluta en todos los niveles, en todas las
edades, en todos los sexos. Porque también hay muchos sexos.
Se quiere saber más y eso me consta por el Club de Buen
Beber. También por lo que me dice la gente, por lo que
me dicen los lectores, los mails que recibo. Cuando yo era chica,
había simplemente vinos tintos y blancos. Ahora se ha abierto
un abanico muy grande. Vamos descubrimiento cada vez más.
¿Y para qué sirve saber de vinos?
La información aumenta el placer. Cuando la gente empieza
a aprender, toma cada vez mejor y menos.
¿Cómo se hace para aprender?
Concentrarse en los sentidos. La cata es un entrenamiento de los
sentidos. Sucede como con la cumbia y Mozart. Si vos estás
acostumbrado a la cumbia, escuchás Mozart y no te das cuenta.
Si te empezás a fijar en los sonidos, en el estilo, en
la armonía y repetís la experiencia varias veces,
aunque no te haya gustado de entrada, va a ir descubriendo matices,
de a poco, te va a ir gustando cada vez más.
¿Y cómo fue su propio camino de aprendizaje?
Como toda argentina, en mi casa se tomaba vino. Yo recuerdo que
en mi casa, mi viejo compraba un vino que se llamaba Robira Colina,
que se tomaba con soda. En realidad, yo empecé a tomar
conciencia del vino cuando comencé a viajar desde muy joven.
Ahí me conecté de una forma diferente con el mundo
del vino. Alguien me hizo probar algún muy buen vino en
Francia. Ahí, mientras estudiaba otras cosas, aprendí
la relación del vino con la comida, el vino como cotidianeidad.
En mi casa se tomaba vino los domingos. Mi madre me recuerda que,
cuando volví de mi primer viaje fui yo quien le enseñó
a tomar vino.
O sea que usted se inició en Francia, con vinos franceses
Ahí tuve mis primeras experiencias místicas con
quesos y vinos. Seguramente en ese entonces los vinos no eran
excelentes, pero como los quesos eran muy buenos, yo iba descubriendo
algo. Seguramente esos primeros vinos eran vinos de la Cote du
Rhone. Me acuerdo que no me gustaban tanto los de Burdeos. Prefería
los baratos de Borgoña. Era una época en la que
no podía darme lujos. En Francia tuve una experiencia como
más consciente. Yo estudiaba filosofía, me gustaba
el jazz, en mi casa se comía bien, pero no era gourmet.
Todavía me pregunto qué tomaríamos cuando
salíamos del Lorraine, qué tomaríamos en
La Cave del jazz, donde tocaba gente como el Gato Barbieri, Lalo
Schiffrin, creo que tomábamos coñac las chicas de
filosofía. Pero la conciencia gourmet la tuve en Francia,
siendo bastante pobre. Hay una relación diferente desde
el punto de vista cultural con la comida. Luego hice varios viajes.
De hecho creo que viajar fue fundamental para mí.
Esa relación entre vino y filosofía tiene historia.
De hecho, Michel Onfray, últimamente escribió sobre
el tema. Libros como La razón del gourmet
Le hice un reportaje a Onfray. Me resultó un poco soberbio.
Vos podés establecer relaciones filosóficas con
cualquier cosa material: desde los perfumes, hasta el bife de
lomo o milanesas.
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Una cosa para pensar es que muchas veces cuando se escribe sobre
vinos se desdeña o no se menciona, el efecto del vino.
No hablo de la experiencia de la borrachera, sino del efecto estimulante
de la bebida utilizada moderadamente.
Platón no lo desdeña. Habla de la fina lluvia del
vino. El vino como para inspirarse, relajarse, como para reflexionar.
Y uno debiera seguir esa línea. Creo que el vino inspira.
Inspira para asociar. Es válido siempre que te dé
placer. El vino es bueno para la salud, pero no es un remedio.
Creo en eso que decía Neruda sobre esa mesa que se prolonga
con una botella de inteligente vino. Si el vino te avispa o te
hace más expresivo o te abre esa puertita, por qué
no.
¿Un vino bueno hace pensar mejor que uno malo?
Ahora hay unos vinos modernos, muy alcohólicos, muy maderizados,
muy concentrados, muy caros, ideales para tomar solos. Los llaman
vinos de meditación. Son vinos que tapan cualquier plato:
tienen que beberse solos. Tapan cualquier plato, aún una
carne muy jugosa. Con esos vinos tan caros, mejor que te surjan
buenas ideas. Son vinos que se toman solos, casi como un coñac.
Son vinos que te invitan a hablar de Michel Onfray, o Antonio
Gramsci...
¿Hay vinos que no son para comer? ¿Para acompañar
las charlas?
En todo el mundo, y especialmente acá, el vino se relaciona
con la comida. Salvo en esos vinos tan alcohólicos, o,
en cambio, con algunos vinos blancos, tan ligeros, que cualquier
plato lo tapa. Vinos que son para aperitivos, para tomar al sol,
en la playa.
Para mí el vino está relacionado a la comida. Cuando
lo sacás de su vinculación cultural, de la comida,
cometés un error. El vino se convierte en algo así
como un cadáver, o un teorema. Además el vino cambia
mucho de acuerdo a la comida.
¿Cómo hace un periodista que profesional-mente
toma todos los vinos y sabe qué ocurre en el mercado, para
ponerse en el lugar del tipo que compra vinos una vez cada tanto,
ocasionalmente?
Hay vinos para diferentes ocasiones. Si te querés levantar
una mina, seguramente le vas a dar un vino raro, que no lo conozca.
Vas a tratar de evitar que el sommelier esté detrás
susurrando cosas, porque te saca de la situación. Hay vinos
para cada situacion. No se pueden recomendar los vinos en general,
hay vinos para todos los días, vinos para un asado, vinos
para almorzar. Vinos para situaciones románticas absolutas,
vinos para impresionar, vinos para impresionarse.
Cuando usted recomienda un vino, ¿piensa en la situación
en que lo tomaría?
Esto yo lo charlo en las catas que doy una vez por mes en el Club
del Buen Beber. Son catas a ciegas, que son el mejor modo de hacer
una cata. Trato de ser poco hermética, de escuchar a la
gente. Y los resultados son asombrosos. La gente misma se asombra
de lo que descubre. Y al final yo trato de conversar con la gente
con qué lo usarían, para qué, en qué
situación.
¿La situación es importante?
La situación, con quién lo tomarías, los
maridajes. Hay vinos sensuales, hay vinos austeros, hay vinos
abstractos, hay vinos impresionistas, existenciales, esenciales.
Vamos a ver si este que estamos tomando es un vino existencial
o esencial.
Supongo que el hecho de tomarlo al aire libre le da un carácter
más bien existencial que esencial
Un vino al sol es una gloria.
¿Los vinos que le gustan son los vinos mejores?
Hay vinos fantásticos que reconozco que no son para todos
los días. Y no sólo por cuestiones económicas.
Un Achával Ferrer no es la cotidianidad. No puedo desligar
mi percepción, no me puedo desprender de mi hábito.
Los viajes y los aprendizajes
¿Cuál fue primer el momento en que dijo: "esto
es tomar vino", desde una perspectiva diferente?
Fue en Finlandia, en un momento en que yo estaba pobrísima.
Me invitaron a comer a una especie de estancia, un lugar muy especial.
Yo tomaba cerveza o agua. Y sirvió un chateau Roschild.
También me acuerdo cuando tomé por primera vez,
con cucharita un chateau de Yquem. No me quiero copiar de Onfray.
Con este vino hace unos años me regalaron una botella del
39. Lo abrimos con Gato Dumas, como es un vino de postre con el
postre que teníamos, fresco y membrillo. Lo tomamos casi
con pánico, ya que lo había comprado un amigo suyo
que había pagado por la botella casi como 5 mil dólares.
¿Qué tiene que tener un vino para ser un buen vino?
Que sea bebible, que te dé ganas de tomarlo. Eso vinos
tan profundos que son para hablar de filosofía, pueden
estar bien para determinadas situaciones. Pero este vino que estamos
tomando, un vino gentil, te da ganas. A un vino que tomás
así lo esperás, le descubrís matices. Hay
una tendencia mundial a igualarse. Hasta en lugares como el Priorato
español, que tiene unos vinos que me encantan, son tan
iguales, hace vinos fotocopia. El riesgo es perder la elegancia..
¿Una clave sería no usar tanta madera?
Que la madera no tape las características de la variedad.
Yo digo que hay vinos que huelen a ropero de pensión de
Onetti. Ahora eso mejoró: hay vinos que huelen a placard.
Más vino pero placard al fin.
¿Se abusa?
Es algo que hicieron los californianos también. Pero ellos
tenían el paladar estragado por el bourbon. Los americanos
son de wine bar, o sea que no comen todos los días con
vino, comen con whisky, con vodka, con cerveza, o con café
con leche. Pero no con vinos.
Nosotros tenemos otra tradición. Una historia de inmigrantes
y años de consumo ¿Por qué imitamos a la
industria norteamericana entonces?
Por la exportación. Primero no le dimos mucha pelota a
la exportación porque nos tomábamos todo lo que
producíamos. Los chilenos tuvieron esa visión primero.
Y el vino argentino tiene elementos a tener en cuenta. Primero
el Malbec, por supuesto. Yo lo llamo Madame Ivonne, porque es
la uva francesa que se adaptó también a nosotros.
Todavía hay bodegueros que la llaman la francesa. Después
el torrontés, que aquí no se tiene demasiado en
cuenta, pero en el mercado externo sí. Y que además
es una uva que trajeron los conquistadores, las demás las
trajeron los inmigrantes, que acá adquirió características
propias y, de hecho, no hay un vino así en el mundo.
¿El problema es cómo suele vinificarse?
Desde hace tiempo hay torronteses muy elegantes, sin esa exhuberancia
de otros tiempos. La gente piensa que, al ser tan aromático,
tiene que ser dulce. Y no, el torrontés tiene un paladar
seco.
¿Con qué lo maridarías?
Acabo de estar en Salta y un torrontés salteño va
perfecto con las empanadas de ahí, con mucho comino. Pero
anda muy bien con todos los platos de la cocina fusión
asiática. Los de Sudestada por ejemplo. Y con el ceviche
anda bárbaro. Y con los platos que tienen sashimi.
Ferrán Adrià dice que para saber de vinos hay que
tener plata. ¿Es así?
Yo le pregunté lo mismo a Michel Onfray. Decía que
era para iniciados. Y me pareció un poco soberbio. Creo
que no: se puede gozar mucho de un vino en situaciones diferentes.
Yo por ejemplo me mando hacia las regiones del vino. Voy hasta
Fiambalá. Un lugar extraordinario. Por ejemplo ese Shiraz
que tomo en una noche increíble, con una empanada picantona,
en un paisaje real, ese paisaje maravilloso. Yo viví en
Argelia, un año, y yo tomaba unos vinos tintos, de damajuana,
que eran Shiraz que eran maravillosos, porque los comía
con un cuscús que hacía la cocinera, en la playa.
Los viajes son importantes para aprender
Viví en la India, también en Perú. Ese fue
para mí un aporte muy grande. Y ahora ese aporte es mayor,
porque me invitan a viajar. Como estudiante de los 70 viví
la experiencia desde otra perspectiva. Estos viajes que hago hoy,
maravillosos, no se pueden comparar con esos viajes iniciáticos.
Es probable que haya bebido mejores vinos que ese Mouton Roschild,
últimamente probé unos Borgoña extraordinarios,
pero la experiencia inicial me la dieron esos viajes que fueron
del principio.
¿Te falta algo dentro del mundo del vino?
Muchísimo. Supe que había vinos en la India, por
ejemplo. Un universo complejísimo e interesante. Yo allí
tomaba vinos franceses, nada más. Pero me interesaría
saber qué es lo que están haciendo. Porque con esa
comida maravillosa que tienen en la India: también el fenómeno
de China que es todo un mundo. Hay gente argentina que tiene bodegas
y viñedos en China. ¿Te imaginás lo que sería
si los chinos empiezan a beber vinos argentinos?
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