|
Algunos se andarán preguntando: ¿a
qué viene este planteo? Pues bien, este planteo viene a
que está creciendo la tendencia -entre los productores/comercializadores
de vinos nacionales de mediana a alta gama- de especular con que
su público objetivo valora más los vinos cuanto
más caros son.
Este no sólo es un viejo truco, que se ha aplicado hasta
el cansancio en multiplicidad de productos a todo lo ancho del
mundo capitalista (¿seguirá existiendo el otro,
fuera de Cuba....?), sino que debería nuestro mercado estar
atento a lo que está sucediendo con esto en la vieja Europa:
por los altos precios, el stock de vinos sin vender sigue aumentando
de manera preocupante.
Encima, los argentinos no tenemos una cultura demasiado orientada
a calcular bien los costos de los productos que producimos o bien
queremos vender.
Hay mucho de la vieja técnica del "bigote y techo".
Este era un gesto típico en época de nuestros abuelos,
que consistía en el semblanteo que hacía el vendedor
o prestador de un servicio, a la hora de pasarnos el precio. Se
retorcía cuidadosamente el bigote, generalmente con puntas
tirando a alargadas, y mirando el techo se hacía en voz
alta la fatídica pregunta: "¿Qué le
puedo cobrar...?". Mientras sus ojitos picarones intentaban
valuar, desde el automóvil en que había llegado,
si estaba a la vista, hasta el reloj y la pilcha...Se consideraban
todas estas importantes cuestiones, y el precio terminaba apareciendo
como un látigo.
Allí se daban dos reacciones: 1) "¿Nada más?"
-preguntaba el presupuestado-, lo cual contribuía a hacer
que el evaluador se sintiera un idiota por haberse quedado corto.
O bien: 2) "¡¿Cuánto me dijooo!?",
grito que hacía estremecer al calculista, provocando en
él una catarata de explicaciones ampliatorias sobre qué
cosas comprendía el precio dado: que a la postre no era
sólo el producto deseado, sino varios más... o bien
servicios adicionales, que no por inútiles o no solicitados,
dejaban de ser un buen argumento para pretender eludir el portazo
del indignado cliente decidido a abandonar de manera violenta
el lugar...
Somos malos para costear, y si bien hay mucho de culpa en que
la generación de la hiperinflación ha quedado desafortunadamente
marcada por el mal hábito del "bigote y techo",
también hay mucho de "¿Cuánto quiero
ganar?", ignorando que en definitiva el precio de algo pasa
por lo que el mercado está dispuesto a pagar por él.
Esta sencilla regla fue la gran diferencia entre la producción
de electrónicos en Norteamérica 30 años atrás
y lo que hicieron los japoneses, a resultas de lo cual inundaron
el mundo con sus productos. Imitaron lo que hacían los
norteamericanos, pero a partir de haber estudiado lo que el mercado
estaba dispuesto a pagar, ellos se ponían a producirlo
a un sensible menor costo. Y chau.
Hoy, lanzar al mercado argentino un vino, no importa cual, ni
las virtudes que lo adornen, con un precio en bodega cercano a
los $160 por botella, es expresar un deseo de experimentar en
el mediano plazo la lavativa enológica. Si bien, esa forma
de consumir el vino no sea la más adecuada para valorar
sus polifenoles, o apreciar su sabor a cuero húmedo -que
tanto deleita a nuestros periodistas vitivinícolas-, no
caben demasiadas dudas acerca de que el futuro que abriga esta
política de precios conduce a eso.
Difícil el tema, y a pesar de haber investigado las virtudes
que puedan justificar estos precios, nadie que se respete está
dispuesto a tomar lápiz y papel y explicarlo.
Sí se ve mucho ojo en blanco en los entendidos. Es el ojo
en blanco resultante de mirar para el techo con expresión
de: "¿Y qué quiere que le diga...?". Es
que la calle está dura, y los entendidos saben que mañana
pueden estar trabajando en una bodega "bigote y techo",
teniéndose que tragar sus sospechas de que el precio es
el resultado de un paparrucheo insostenible.
Será interesante ver cómo termina esta historia
en Europa, aunque una rápida recorrida reciente por España,
me hizo ver rostros de propietarios preparándose para la
ancestral lavativa, al tiempo que han apurado la triquiñuela
salvadora de la "segunda marca".
Porque, así como "un vino puede ser tinto o blanco
pero una buena cola debe ser siempre rosée", como
dicen los paisanos mendocinos, a un buen vino es difícil
disfrazarlo de segunda marca así como así. Y hoy
en la Argentina, felizmente, están saliendo al mercado
segundas marcas de una relación calidad/precio excepcionales.
Y ahí es donde usted, querido lector, tiene que tener las
antenas atentas e informarse con cuidado, en Vinos & Sabores,
por donde está pasando la pomada de los buenos vinos a
precios pagables.
Porque recuerde: un Rolls Royce no es caro a 50 mil dólares,
sino costoso para su bolsillo. ¿Por qué? Y... porque
usted percibe que la relación de calidad/precio es más
que adecuada. Entonces, "caro" es algo que, para el
mercado, no vale el precio que se le ha fijado.
|
|
De allí que un Petrus no luzca caro a 100 dólares
y un vino argentino le haga hacer un mohín cuando le hablan
de 160 pesos la botella. Por ahí, hasta sucederá
que alguien se sincere y le diga: "es para la gilada...",
y entonces usted se moverá con la tranquilidad de Jos Steverlynck
(que recibe en su estancia Lago Hermoso, en San Martín
de los Andes, con estupendo vino de damajuana) y no se le mueve
un pelo, no sólo porque no lo tiene, sino porque su mujer,
la deliciosa Kissette, lo mataría si gastara más
en los vagos mal entretenidos que pueblan el lugar en carácter
de invitados.
Por fin, para que no me vaya a tomar por un deambulante intelectual,
le voy a resumir una nota que leí en España, donde
se consultaba a cinco renombrados sommeliers (los amigos españoles
los llaman sumilleres) sobre sus vinos preferidos, respetando
el binomio de calidad/precio.
Antes de ver los resultados, le propongo un ejercicio heterodoxo
de microecono-mía: consideremos que los euros son pesos.
Le cuento porqué. Porque, en definitiva, si nos metemos
en relacionar el poder adquisitivo medio de un español
en euros, viene a ser como el de los argentinos expresado en pesos.
Pero no se le ocurra preguntarle sobre mi teoría a Juan
Carlos de Pablo, no vaya a ser que me faje la próxima vez
que nos crucemos...
Bien. Veamos los resultados:
Para Raquel Torrijos, Nariz de Plata 2003, su elección
fue:
- Manuel Manzaneque Chardonnay fermentado en barrica, de Finca
Élez (Albacete). Precio: 12 euros.
- Jané Ventura Finca Els Camps (Penedés). Precio:
22 euros.
- Quincha Coral, Vino de la Tierra del Terrerazo. Precio: 51 euros.
- Numanthia 2000 (Toro). Precio: 32 euros.
- Jarel 2001 (Axarquía). Precio 8 euros, botella de ½
litro.
Para María José Huertas, sommelier del restaurante
La Terraza del Casino de Madrid (nada menos). Premio Nacional
de Gastronomía en apartado sumilleres 2003, ésta
es su selección:
- Cava Gramona Argent 2000 (Cava). Precio: 19 euros.
- Vilerma 2001 (Ribeiro). Precio: 10 euros.
- Artazuri 2002 (Navarra). Precio: 3,50 euros.
- Clos Erasmus 2001 (Priorato). Precio: 72 euros (¡epa!)
- Amontillado Escuadrilla de Lustau (Jerez). Precio: 14 euros.
Para Jesús Flores, director de la revista "Vivir el
Vino" y del Aula Española del Vino. Profesor, además,
de sumilleres en la Cámara de Comercio, sus preferidos
son:
- Fino La Ina. Bodegas Pedro Domecq (Jerez). Precio: 5,50 euros.
- Cava Carla Vallformosa Reserva. Brut (Cava). Precio: 10 euros.
- Palacio de Otazu 2000. Fermentado en barrica (Navarra). Precio:
12 euros.
- Señorío de Villarrica. Tinto maceración
carbónica 2003 (La Rioja). Precio: 2,70 euros.
- Dehesa La Granja 2000 Cosecha especial. Vadillo de la Guareña
(Zamora). Precio: 10 euros.
Para Lucio del Campo, Nariz de Oro 2002. Sumiller y propietario
de la Cueva de San Esteban y Di Vino (Segovia), sus opciones fueron:
- Coto de Hayas 2003 Garnacha Centenaria (Campo de Borja). Precio:
8,50 euros.
- El Regajal 2002 (Vinos de Madrid). Precio: 12 euros.
- Cuvée de Carlos (Cava. Pacs del Penedés). Precio:
30 euros.
- Alzania Cuvée Plus 2002 (Navarra). Precio: 40 euros.
- Azúa Selección 2001. Precio: 7 euros.
Por fin, llegamos a Pedro Martínez, Nariz de Oro 2001 y
Director de Marketing y Comercial de Vinos de Familia García
Carrión, que eligió:
- Flor de Grealo 2002 (Costers del Segre). Precio: 14,50.
- Viña Arnaiz 1999 (Ribera del Duero). Precio: 9,80 euros.
- Trío Infernal 2002 (Priorato). Precio: 30 euros.
- Valtosca 2002 ( Jumilla). Precio: 14,50 euros.
- Neo Punta Esencia 2001 (Ribera del Duero). Precio: 35 euros.
Como se ve, acá hay mucha tela para cortar. Lo que queda
claro es que los precios -todos- transitan por la racionabilidad,
y salvo el pico de 72 euros que aparece por allí, es fácil
darse cuenta que la media está muy por debajo de ese precio.
Para ser preciso, el promedio es de 19,6 euros.
Me anticipo a algún adorador de Parker, que siempre anda
dando vueltas por allí, y aclaro que para estos expertos
-como para cualquiera que sepa de qué está hablando-
tanto el jerez como la cava (champagne) son vinos que se comparan
con cepas Chardonnay o Tempranillo, al punto que ellos detallan
prolijamente los maridajes gastronómicos que proponen en
cada caso, y es por esto que puede parecer como que se ha mezclado
mal en los tipos de vinos de su selección personal.
Espero que mis amigos bodegueros careros pongan las barbas en
remojo, y recuerden aquella reflexión de la Sabiduría:
"la muerte está tan segura de su triunfo, que nos
da una vida entera de ventaja..."
Volver >>>
|